El próximo gran cambio en la nube


El crecimiento explosivo de los datos ha impulsado una rápida expansión de los sistemas en la nube. Ahora, los costes, la gobernanza y la soberanía están obligando a replantearse cómo se comportan esos sistemas a gran escala.

Durante más de una década, la computación en la nube ha evolucionado al ritmo del rápido crecimiento de los datos. Desde 2016, el tráfico mundial de los centros de datos en la nube se ha más que triplicado, los datos corporativos almacenados en la nube se han duplicado y la infraestructura a hiperescala se ha expandido rápidamente para absorber un aumento sin precedentes en la generación de información.

A medida que los volúmenes de datos crecían exponencialmente y las cargas de trabajo se diversificaban, las arquitecturas en la nube se ampliaron para adaptarse a estos cambios, aportando escalabilidad, abstracción y flexibilidad a un ritmo tan rápido que nadie pudo prever plenamente sus consecuencias a largo plazo.

Las arquitecturas de nube elástica surgieron no tanto como un ideal estratégico, sino como una respuesta práctica a la incertidumbre: una forma de adaptarse al crecimiento a un ritmo más rápido del que las organizaciones podían comprender plenamente cómo evolucionarían sus datos, cargas de trabajo y modelos operativos. Lo que siguió no fue un fracaso de la nube, sino una desconexión cada vez mayor entre la escala, la flexibilidad y el control, que ahora está saliendo a la luz a medida que los sistemas se desvían de su rumbo, más que como un fallo técnico.

Los entornos en la nube siguen funcionando. El rendimiento se mantiene en gran medida y los equipos siguen implementando la nube allí donde la necesitan. Sin embargo, con el paso del tiempo, el margen para tomar decisiones significativas se ha reducido. Los costes son más difíciles de predecir y los controles se adaptan al uso en lugar de moldearlo. Una vez que esto queda fijado, resulta mucho más difícil revisar las decisiones arquitectónicas. La gobernanza pasa de ser intencionada a reactiva. 

La nube sigue funcionando, pero cada vez más en condiciones que resultan difíciles de cuestionar para las empresas hoy en día.

Cuando los costes de la nube se vuelven impredecibles, empiezan a condicionar las decisiones arquitectónicas y de gobernanza, no porque sea la opción más adecuada, sino porque las alternativas se ven limitadas por motivos económicos.

James McLeod, director de tecnología de Ilkari

Para muchas organizaciones, este cambio ya no es meramente teórico. Las modificaciones en las licencias y los precios de la virtualización —especialmente en el ecosistema de VMware— han obligado a los equipos a reconocer hasta qué punto sus arquitecturas están expuestas a decisiones sobre costes que escapan a su control. Lo que antes se percibía como una capa estable se ha convertido en una variable, lo que ha acelerado el debate sobre la previsibilidad, la soberanía y las opciones a largo plazo.

Es aquí donde se hace evidente el próximo reto de la nube. Este dependerá de si los modelos operativos en la nube pueden reintroducir restricciones sin perder adaptabilidad; de si los aspectos relacionados con los costes, la gobernanza y la soberanía se integran desde el principio en lugar de añadirse posteriormente; de si la elasticidad pasa a ser selectiva y limitada en lugar de predeterminada e implícita; y de si las organizaciones pueden recuperar la libertad de elección arquitectónica una vez alcanzada la escala necesaria.

La tensión que está surgiendo actualmente en los entornos en la nube se sitúa entre dos extremos. Por un lado, están los modelos tradicionales centrados en las instancias, que tienen dificultades para adaptarse a las exigencias actuales en materia de rendimiento y resiliencia. Por otro lado, se encuentran las plataformas altamente abstraídas, cuya complejidad y dependencias influyen cada vez más en los costes y el control a largo plazo.

Muchas organizaciones se mueven entre estos dos extremos, gestionando cargas de trabajo que no son ni experimentales ni están sujetas a picos de actividad, sino que son constantes, reguladas y sensibles al rendimiento. En estos entornos, la cuestión ya no es cuánta abstracción es posible, sino cuánta es necesaria —y qué se sacrifica en el proceso.

Los costes, la gobernanza y la soberanía están obligando a replantearse cómo se comportan los sistemas en la nube a gran escala.

James McLeod, director de tecnología de Ilkari

El cambio que se está produciendo actualmente no supone un alejamiento de la nube, sino una orientación hacia entornos en la nube diseñados para comportarse de manera diferente a gran escala. Se trata de sistemas capaces de ampliarse cuando es necesario, de mantenerse dentro de unos límites cuando no lo es y de evolucionar sin obligar a las organizaciones a seguir caminos que no tenían previsto.

Esa es la verdadera prueba a la que se enfrenta la nube.

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  • El coste es lo primero que falla
  • Los controles son retrospectivos, no restrictivos
  • La presión de los costes transforma la arquitectura y la gobernanza
  • Una «flexibilidad» prematura puede limitar silenciosamente las opciones futuras
  • La verdadera flexibilidad permite mantener las opciones a lo largo del tiempo

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